Destellos y reflejos urbanos / Spleen y Melancolía – Juan Fernández Lacomba

Destellos y reflejos urbanos / Spleen y Melancolía – Juan Fernández Lacomba
9 septiembre, 2007 moon

A propósito de pinturas de Joaquín Delgado.

Ya a mediados del siglo XIX Charles Baudelaire fue uno de los primeros artistas en constatar la angustia existencial, como tipología característica de una cierta enfermedad urbana y un claro antecedente de la nausea existencial de los urbanitas. Fue uno de los primeros intelectuales que en su tiempo fueron conscientes del sentido de extrañamiento que se producía en las grandes aglomeraciones urbanas, enfrentado ya entonces como cronista-poeta de su tiempo a la melancolía que conllevaba la constatación ya entonces a un tipo de condición humana basada en el absurdo. No hay que olvidar que por otro lado, Baudelarire ha sido considerado el padre, o mejor dicho, el gran profeta de la poesía y la crítica moderna. El mismo año de la publicación de Las flores del mal, e insistiendo en la misma materia, emprendió en 1862, la creación de los Pequeños poemas en prosa editados bajo el título de El Spleen de París; junto al emblemático artículo de El pintor de la vida moderna, en el que el poeta se refería al parisino Constantin Guys, un artista que alcanzó gran fama con sus ilustraciones de libros, acuarelas y dibujos en los que retrataba la sociedad mundana de su tiempo. Ciertamente, Baudelaire otorgaba una importancia particular al término Spleen, quedando así opuesto al concepto de ideal. El Spleenn venía así a ser algo así como la característica esencial allí donde existe un sufrimiento, una angustia en relación con la ciudad. De hecho, la obra del poeta francés El Spleen de París constituye también un libro único, como son únicos, cada uno en su género, Las Flores del Mal y Los Paraísos Artificiales. En realidad, viene a ser el libro que precisamente trata de la humanidad de Baudelaire. De él surge lo que se ha llamado “el mito de la ciudad”, en donde surge, por encima de todo, una doble presencia: la soledad del extranjero, del testigo, y el espantoso agitarse y bullir a su alrededor de la capital inmensa. En medio de las masas, el paseante solitario descubre con ojo experto a los desgraciados que viven en la insatisfacción y en el deseo. Según se descubre en aquel intenso poema, el ensueño, en estado puro, corrosivo, poseido de un “humor negro” que caracteriza una melancolía profunda, sin causa aparente parece envolver las páginas del día y de la noche de los humanos, individuos habitantes de la ciudad; un ensueño que muerde las figuras de la realidad, las escorias de la apariencia caen consumidas y un nuevo orden de belleza que reemplaza al desorden del mundo. El Spleen finaliza con la victoria de la angustia. Este tipo de observaciones respecto a la obra pionera de Baudelaire vienen al hilo de la interpretación de las ultimas obras pictóricas de Joaquín Delgado. Hasta ahora en anteriores entregas un artista interesado por una figuración de corte mediterráneo, de presencias vegetales y formas totémicas, cifradas en primeros planos con una presencia ineludible en formatos de bodegones y paisajes presentadas en primeros planos que se abrían en sugerencias y presencias humanizadas, en donde se intuían intenciones de carácter simbólico, propuestas insertadas en un mundo mas bien rural, muy distintas de las visiones urbanas de reflejos y contraluces que ahora nos ofrece. A los mapas imprevisibles de luces y sombras se anteponen los anónimos destellos que a su vez reflexionan en los cristales de parabrisas y ventanas, puntos de vistas interiores y anónimos, en donde discurren las huellas luminosas, materializadas por la pintura y el color, que quiere voluntariamente disociarse de la forma en un calidoscopio de refracción ensimismada. Rescoldos visuales en una retina melancólica. La lluvia totalizadora resta gravedad y contribuye aún más a la reverberación al calidoscopio ensimismado de la percepción contagiada del Spleen urbano. Estas pinturas de J. D. quieren ser una corteza pictórica – al menos de esa tradición proviene y en ella se ha movido hasta ahora su autor – de un reducto interiorizado. Puntos de vistas desde una cabina vital, como es el caso del mismo automóvil, desde la cual, individualmente, se percibe el mundo, por supuesto urbano. Se trata de focos deslumbradores, puntos ambulantes de referencia del anonimato, de esa demografía imprevisible, presente, ineludible, hasta uniformizada y homologada, pero siempre desconocida. Lo particular y lo general, lo individual y lo colectivo entran, de este modo, en una dialéctica sin respuesta, en donde, hipnotizados, caemos en la melancolía y en el ensismamiento; en la mirada cercana a nuestro propio aliento ante el cristal, aquel del vaho de la frontera de los efectos del color: el de una nada coloreada que marca la frontera, en donde los destellos urbanos eclipsan y solapan las miserias diarias. Un estado de ánimo que, aún en el caso de las últimas pinturas de J.D. de color y luz materia, que él mismo denomina como Crepusculario, resultan de una gravedad lírica que nos hace recordar aquellas primeras estrofas de Baudelaire:

Cuando el cielo bajo y grávido pesa como una losa sobre el espíritu gimiente víctima de largos enojos, y que del horizonte abrazando todo el círculo nos depara un día negro más triste que las noches; …

Juan Fernández Lacomba Sevilla 2007

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